Sexualidad,
Ese Asunto tan Interesante... y tan Esquivo
Alejandro Celis H.
¿Se
preguntaría usted si es "conveniente" o no que su
hija o hijo estudie Historia antes de su mayoría de edad? ¿O
Matemáticas? ¿O Literatura? ¿O Computación?
Quizás la pregunta le parezca absurda: generalmente, los únicos
criterios que se esgrimen para decidir si enseñarle o no un
tema determinado a un niño sea el de preguntarse si sus procesos
cognitivos se hallan o no preparados para comprender intelectualmente
lo enseñado o si ese tema específico tiene importancia
directa para sus intereses inmediatos. En base a lo anterior, no se
le enseña Cálculo Diferencial en Kindergarten, y sí
Educación Cívica cuando se acerca a la edad en que deberá
ejercer sus derechos y obligaciones ciudadanas. Nadie cuestionaría
lo "adecuado" de enseñarle Educación Física
a los niños, desde muy pequeños: se consideran, por
supuesto, factores como su nivel de crecimiento, la formación
de sus huesos... todo aquello que implique favorecer un proceso de
crecimiento y maduración saludable. Nadie pensaría,
en la actualidad, en considerar factores de tipo moral o ético:
"¿Está el niño suficientemente "maduro"
para hacer deporte? El ejercitar su cuerpo, ¿afectará
acaso su "juicio moral"? ¿Lo convertirá esto
en un potencial degenerado y/o delincuente?
Prejuicios, mitos y tabú
Por motivos
no enteramente claros, sin embargo, no ocurre lo mismo cuando llega
la hora de considerar la conveniencia de impartir Educación
Sexual. Cuando eso se discute, surgen, en padres, establecimientos
educacionales y Gobierno, todo tipo de reservas y cautela: "¿Estará
el niño "en edad" de aprender esto? ¿Afectarán
estos temas su inocencia y candor? ¿Acaso esto podría
deformar su criterio y "ensuciar" su mente?". Todo
esto, por supuesto, no considera el hecho de que el medio circundante
y la curiosidad natural del niño se encargan de instruírle
de modo informal: si cada lector recuerda la forma en que se "instruyó"
(?) respecto al tema del sexo, es muy probable que descubra que fue
en juegos con niños y niñas de su edad, en conversaciones
llenas de mitos y deformaciones o en exploraciones mutuas de sus cuerpos.
Naturalmente, existen formas más duras y traumáticas
de aprender estas cosas: violaciones y abusos que podrían haberse
evitado si el niño o niña hubiese tenido los elementos
de juicio para entender lo que estaba ocurriendo.
Son privilegiados
aquellos que han llegado a la adultez con la sensación de haber
aprendido todo lo que necesitaban respecto al tema de un modo simple,
directo y pedagógico. A la hora de hablar de esto con sus hijos,
el padre o la madre más inteligentes y/o instruídos
vacilan, balbucean, se muestran increíblemente torpes, echan
mano a ideas enteramente irracionales o descubren cantidades de pretextos
para eludir el tema. ¿Por qué ocurre este fenómeno
tan peculiar -y probablemente, único- con respecto a este asunto?
La palabra
"tabú" según el diccionario de la Real Academia
Española -además de otra definición que no viene
al caso- significa: ...es la condición de las personas, instituciones
y cosas a las que no es lícito censurar o mencionar. El tema
del sexo cae dentro de esa definición: el elemento de "evitación",
de lo que "se evita sin motivos claros" está enteramente
presente en esta área. Remontémonos a generaciones anteriores:
¿cómo se enfrentaban al tema nuestros padres, nuestros
abuelos y las generaciones que les precedieron? Por referencias anteriores
-testimonios directos, libros y lo que podemos ver en el cine- descubriremos
que, claramente, el tabú parece remontarse hasta que la memoria
se pierde, y haber sido más notorio en el pasado. Lo que es
claro es que en ningún país de Occidente (y en la mayoría
de los de Oriente) se habla con entera libertad acerca del tema. El
asunto está teñido de ideas que se engloban en los conceptos
de "moralidad", "respeto", "privacidad",
religión", etc.
Un muy
conocido místico inglés, de alrededor de sesenta años
de edad en la actualidad, recuerda: "Mi madre me había
dicho que podía preguntarle lo que quisiera respecto al tema.
Una vez le formulé una pregunta relativamente simple, y me
pegó con tal violencia que me tiró al suelo. Obviamente,
nunca le volví a preguntar nada. En otro momento, mi padre,
muy avergonzado, me dio un libro que parecía provenir de alguna
biblioteca antigua. Se estaba desarmando, y todas las páginas
estaban amarillas. Debe haber estado en la familia por generaciones.
En ese libro, decía textualmente que la masturbación
producía ceguera, ¡y yo me estaba masturbando todos los
días!".
¿Cuál
es el origen de este tipo de actitud frente al tema? Quizás
los historiadores o antropólogos podrían responder esa
pregunta con más autoridad: sin embargo, podemos suponer que,
en algún momento de nuestra evolución y por motivos
no enteramente claros, alguien quiso manipular a los demás
haciéndoles sentir incómodos respecto a su cuerpo o
a sus necesidades fisiológicas, y desde entonces las personas
se avergonzaron de sus genitales y de las conductas relacionadas con
éstos. ¿Suena irracional? Ya lo sé, pero la verdad
es que nuestra actitud frente a la sexualidad es tan absurda y carente
de sentido que no necesariamente su origen deba ser lógico.
Sabemos
que, en la América pre-Colombina (pre-invasión), los
indígenas solían tener una actitud bastante más
desinhibida, hasta que los misioneros de la "única"
religión -que son los mismos que en la actualidad aseguran
que sólo existe una moral valedera- les inculcaron la
noción del pecado. En la actualidad, y merced a los conocimientos
que han aportado antropólogos socio-culturales como la famosa
Margaret Mead -en su libro Adolescencia y cultura en Samoa y otros-,
hemos llegado a saber que las actitudes que nuestros antepasados europeos
tenían al respecto no eran las únicas posibles, y al
menos algunos sectores hemos adquirido un mayor respeto por otras
costumbres y formas de pensar.
La naturaleza de la energía sexual
Si usted
logra asumir una actitud desprejuiciada a este respecto -cosa ya difícil-
¿puede observar hasta qué punto lo que tiene que ver
con la atracción sexual -entendida en un sentido amplio- tiñe
nuestras vidas? Ya está manoseado el cliché de que los
hombres, estando solos, hablan de mujeres y viceversa. Y sin embargo,
observe lo cierto que es. Puede que cambie el tono o las facetas del
tema, según la edad del grupo u otras de sus características,
pero la verdad es que ése suele ser el tema de conversación.
¿Por qué tanta importancia? Deseamos ser "civilizados"
y "elevados" -y finalmente terminamos en lo mismo. Es cierto
que las relaciones hombre/mujer tienen varios niveles: el amor romántico,
el compañerismo, el acto sexual... hasta la patología
de la explotación y obligación mutua. Sí, pero
el sexo lo cambia todo. Si no me cree, pregúntele a su pareja
si le importa que usted tenga amigos(as) del sexo opuesto. Lo más
probable -a menos que realmente tenga un problema- es que le diga
que no. Acto seguido, pregúntele si le da lo mismo que usted
se acueste con esos (esas) amigos(as), y observe su interesante reacción.
¿Y
por qué esa distinción? Es un ámbito que asume
una importancia desmesurada; y al respecto quisiera proponer algunas
cosas. Antes que nada, cada uno de nosotros, por el simple hecho
de tener un cuerpo físico, no sólo adquiere genitales,
sino toda una serie de reacciones instintivas que a su vez generan
emociones y vivencias no siempre comprensibles -y menos aún
controlables-. El discurso "civilizado" es, por supuesto,
que somos superiores a los animales y que, por lo tanto, podemos -y,
más aún, debemos- dominar ese tipo de impulsos
a nuestro antojo. El problema es que parece no ser posible:
los altos índices de violaciones, de abusos de menores, de
prostitución, de sacerdotes que son pillados in fraganti con
alguna parte de sus cuerpos en la masa, la importancia que tiene una
cuota de sexo para el éxito de una película determinada,
la pornografía en revistas, videos y cine, la enorme clientela
de que parecen disfrutar los moteles, los índices de infidelidad
confesados por hombres y por mujeres... ¿no nos estarán
diciendo eso precisamente?
El impulso
sexual -quiero proponerlo enfáticamente- no es controlable
a nuestro arbitrio, no depende de decisiones meramente racionales.
No basta con que nos propongamos -quizás con la mejor de las
intenciones- sentir atracción sólo por nuestra pareja,
por ejemplo, o que intentemos no dar curso a nuestros deseos sexuales
-ya sea antes del matrimonio o en el caso de sacerdotes y monjas-.
¿Cuántos casos existen de personas que, llevadas por
creencias religiosas o simplemente por las costumbres sociales logran
negar durante casi toda su vida este impulso... sólo para verse
desbordadas tarde o temprano por su intensidad, quizás en una
relación extramarital que las llena de confusión y de
culpa? No quiero caer en el dramatismo, pero estos casos son demasiado
comunes. Lo común es que atribuyan ese período como
un mero "traspié", como "algo incomprensible
que les ocurrió" o un "tropiezo, una locura"...
hasta la siguiente vez, en que deberán extremar su ingenio
para justificarse frente a sí mismas.
Mientras
todo lo relativo al sexo sea tabú (motivo de encubrimiento
y culpa) la situación no va a mejorar. Seguiremos atribuyendo
la violencia sexual al "desbande de unos pocos degenerados"
y nos refugiaremos en la cómoda y mullida idea de que "la
gente como uno" no se ve involucrada en "esas" cosas.
De allí al ocultamiento, la hipocresía y la represión
sólo hay un paso. ¿Le tocó por casualidad a usted
ver al grupo musical Technotronic cuando vinieron a Chile y fueron
transmitidos por el pontificio Canal 13 de TV? Creo que nunca he visto
hipocresía más flagrante -y eso que abunda- en nuestra
TV: en un momento, los miembros del grupo comenzaron a mover sus pelvis
en una forma más o menos desatada siguiendo el compás
de la música -¡y las cámaras de TV apuntaron
al suelo cada vez que eso ocurrió!-. Era muy divertido
-pero también patético- ver cómo apenas los cantantes
comenzaban a mover el trasero el camarógrafo parecía
interesarse mucho más por algo que estaba en el suelo.
Otro
ejemplo -de graves consecuencias- fue el triste episodio de los famosos
spots iniciales de educación para la prevención del
Sida. Aquellos que los vieron recordarán que el tema era tocado
con bastante discreción y en forma tan indirecta que casi no
resultaba pedagógico, aunque sí se mencionaba la palabra
mágica que a tantos pone los pelos de punta: preservativo
(¡búuuh!). Como se recordará, dos canales de TV
(Megavisión y, obviamente, el canal Pontificio) se negaron
a mostrarlos, aduciendo que el tipo de prevención que sugieren
ellos es otra -la abstinencia o la pareja única, probablemente-.
Hasta allí, todo razonable y legítimo: cada uno puede
elegir la opción que le parezca. Sin embargo, ¿acaso
los ideales católicos son siempre llevados a la práctica
por todos los que se dicen católicos? Me resisto a la tentación
de dar una respuesta; sin embargo, el propósito obvio de los
spots era informar para que se reduzca la posibilidad del contagio
de una enfermedad que -en muchos casos- resulta mortal. ¿Tiene
sentido taparse los ojos y negar?
La
política de la avestruz... ¿funciona?
Una tercera
idea que quisiera proponer es que la represión no elimina
el "problema" -de hecho, el sexo no es un problema;
más bien, es precisamente las represión la que lo convierte
en un problema-. Lo único que logra la represión es
que intentemos ocultar -frente a nosotros mismos y frente a los demás-
lo que sentimos al respecto; pero intentar ocultarlo no logra nada.
La energía sexual es una fuerza tan gigantesca y penetrante
que no podemos eliminarla: sólo podemos "desviarla"
-y eso es precisamente lo peligroso-. Una energía que es simple,
directa y limpia es deformada a través de la represión...
¿y en qué se convierte? En delitos sexuales -violaciones-;
en embarazos irresponsables y producto de la ignorancia -en Chile
se producen 150.000 abortos anuales conocidos, lo que obviamente no
incluye los embarazos indeseados de mujeres adolescentes que no abortan-;
en aberraciones -según cifras de Unicef, de 1995, el 63% de
los niños chilenos son víctimas de maltratos y el 34
% recibe agresiones graves en el hogar (incluso abusos sexuales):
Chile tiene el tercer lugar del mundo en maltrato (incluído
el abuso sexual) de menores en el hogar-. Todos estos eventos,
como es sabido, ocurren en todos los niveles sociales y económicos,
sin distinción. En ciertos sectores de Africa, siguen extirpándoles
el clítoris a las mujeres... "por higiene" (entiéndase
por ignorancia y por mitos).
Un conocido
mito ("pensamiento mágico") que impera a todo nivel
es que el sólo admitir una posibilidad aumenta la probabilidad
de que ésta ocurra. Ejemplos: "Si hay una ley de divorcio,
todo el mundo va a separarse"; "Si admitimos la posibilidad
de un robo -y tomamos precauciones- estaremos atrayendo a los ladrones";
"Si validamos por ley algunas circunstancias en que se pueda
abortar, todo el mundo lo hará"; "Si informamos
a niños y adolescentes en forma completa y detallada acerca
de su sexualidad, van a transformarse en maníacos sexuales",
etc. Por tanto, "Evitemos que, desde la niñez, hombres
y mujeres se vean desnudos; separemos los baños por sexo; tapemos
las portadas de las revistas que traen fotografías de desnudos;
digámosle a la gente qué puede o no ver en el cine,
la televisión, el Cable..."
Propuestas
El tema
tiene tantas facetas y niveles que, bien sabemos, podríamos
llenar muchos libros a este respecto: la psicología de ser
hombre y de ser mujer, los aspectos meramente biológicos, los
valores, la relación entre los sexos, los diferentes roles
que la sociedad asigna a hombres y mujeres, las enfermedades venéreas,
el control de la natalidad, el machismo y el feminismo, etcétera.
El propósito de este artículo, sin embargo, es más
limitado: la invitación que quisiera extender es a mirar el
fenómeno con la actitud menos prejuiciosa posible, y a constatar
que la sexualidad implica realidades que la Humanidad por siglos se
ha esforzado en negar, con resultados menos que satisfactorios.
Un amigo
suele expresarlo del siguiente modo: si un extraterrestre viniera
a la Tierra a estudiar nuestro comportamiento, concluiría que
estamos locos. Más allá de toda la impresionante abundancia
de motivos que existen para alcanzar esa conclusión, se basaría
en que hay un tema que a todos nos interesa, obviamente, muchísimo:
el sexo. Y sin embargo, en toda nuestra conducta externa -gestos,
actos, lo que hablamos o no hablamos- realizamos esfuerzos sobrehumanos
por disimular ese interés y aparentar una indiferencia absoluta.
Enfrentémoslo:
este tema es quizás el más controvertido y, a la vez,
uno de los más importantes para nosotros. Ya sé que
muchos, de ser consultados, dirían que no le atribuyen tanta
importancia en sus vidas. Al respecto quisiera agregar un dato: la
represión que nos enseñan desde niños produce,
en muchos casos, que no percibamos conscientemente nuestras vivencias
relacionadas con el sexo. No es que estemos eligiendo conscientemente:
"Estando plenamente consciente de todas mis vivencias al respecto,
hay otras cosas que me interesan mucho más". Lamentablemente,
las cosas no son así -ojalá lo fueran-. Precisamente
lo que propongo es que levantemos la barrera de la represión
y comencemos a vivir esa dimensión en forma más natural,
sana y desprejuiciada.
Con lo
anterior no quiero decir que seamos por naturaleza unos maníacos
sexuales, y que los que no se reconocen como tales sólo lo
están reprimiendo. No; lo que quiero decir es que prácticamente
ninguno de nosotros ha vivido el sexo en forma enteramente natural
y espontánea desde niño(a); y que, por lo tanto, es
más que probable que todos tengamos cierta cuota de represión.
¿Cuál creo que es el criterio para decidir si reprimimos
o no? Creo que el gran índice reside en el control:
¿dejamos escapar el control cuando vivenciamos el sexo? ¿Lo
manejamos desde la cabeza o es algo que nos lleva?
¿Cómo
podríamos enfrentar el sexo en forma más natural? Por
ejemplo, asumiendo que el sexo es divertido: seguir suponiendo que
su única función es la reproducción es, simplemente,
síntoma de una grave ceguera. ¿Cuántas veces
en su vida ha tenido usted relaciones sexuales? ¿En cuántas
de esas ocasiones su objetivo era reproducirse, generar un hijo(a)?
Si aceptamos que tiene un importante componente de diversión,
dejaremos de creer que sólo debe iniciarse y circunscribirse
al matrimonio, ¿no? Y entonces puede que aceptemos que los
adolescentes e incluso los niños puedan jugar juegos sexuales,
con las debidas precauciones. A propósito, ¿ha oído
usted de un experimento educativo que se hizo famoso hace algunos
años, llamado Summerhill? Si no lo ha oído mencionar,
se trataba de una escuela de educación alternativa para niños
y niñas que residían allí -una especie de internado-,
bastante respetada en la mayoría de los círculos de
la psicología y la educación.
Bien:
esa escuela era dirigida por un tal Neill. Pocos años atrás,
su esposa, al ser entrevistada, señaló que ellos habrían
considerado altamente conveniente permitir que los niños tuviesen
relaciones sexuales entre ellos; pero que sin embargo, dado el escándalo
social que eso habría significado, habían decidido con
su esposo no hacerlo. Yo admiro el valor que esa anciana tuvo de confesar
eso. De hecho, pienso que para todo el mundo sería muchísimo
más sano y menos deformante permitirles vivir su sexualidad
en forma espontánea, desde niños. De hecho, ¿ha
visto usted lo que ocurre cuando a un niño se le prohíbe
algo? Se le hace muchísimo más interesante y atractivo
aún, ¿no es cierto? Bueno: pienso que si se le dejase
vivir esta dimensión en forma enteramente natural, el sexo
asumiría, en su vida, la dimensión que le corresponde
-y no la compulsiva y enfermiza obsesión que constituye para
la mayoría de los adultos... y eso que estoy hablando del adulto
"normal"-.
En suma,
en caso de ser vivido con mayor sanidad y consciencia, el sexo pasaría
a tener el rol secundario que le corresponde. Lo tomaríamos
menos en serio y no le daríamos tanta trascendencia. Es obvio
que puede ser más grata o enriquecedora una relación
sexual en que haya amor; pero claramente éste no es un ingrediente
imprescindible. Puede haber sexo sin amor -puede ser un juego, un
acto divertido-, y la verdad es que tendríamos menos problemas
si lo admitiéramos: nos complicaríamos menos, muchos
matrimonios cuyo único propósito es -en verdad- el sexo,
no llegarían a producirse y cada faceta de la relación
entre los seres humanos adquiriría la dimensión que
le corresponde. Probablemente valoraríamos más en una
relación la mutua aceptación, el apoyo, el amor incondicional...
quizás sólo tendríamos niños cuando de
veras estuviésemos preparados para hacernos cargo de ellos
-y por tanto, no estaríamos inundados de gente en el mundo,
sólo por la falta de apoyo real de la sociedad al control de
la natalidad.
¿Estamos,
como sociedad, muy lejos de la situación que propongo? Claro
que sí, pero cada individuo puede llevar la vida que desee
-si deja de venderse por la aceptación de los demás-.
Hay cosas que pueden hacerse. Creo que fue muy honrosa la iniciativa
gubernamental de llevar adelante el trabajo con las Jocas -grupos
de discusión para acordar el tipo de educación sexual
a llevar a cabo en los colegios-. Obviamente, hubo resistencia; y
si el Gobierno desea insistir en ese proyecto, deberá tener
la suficiente entereza para llevarlo adelante a pesar de la resistencia.
Creo que en los programas de educación sexual no basta con
la parte técnico-biológica; tampoco creo que la idea
sea adoctrinar a niños y niñas con la posición
oficial de una religión determinada al respecto.
Creo
que, en este minuto, las personas necesitan urgentemente que no se
les trate como deficientes mentales. Necesitan que se les den elementos
para formar sus propias pautas de conducta frente a la sexualidad:
que se les informe acerca de los métodos anticonceptivos, que
se les enseñe gráficamente cómo utilizar un preservativo
correctamente, que se les expongan diferentes posiciones culturales
y valóricas al respecto, que se les hable del sexo en sus aspectos
reproductivos, afectivos y lúdicos, que se les hable de la
posibilidad de alterar su estado de consciencia con el sexo, que se
les muestren ejercicios de respiración y de despertar sensorial,
etc. La situación actual es que una gran proporción
de hombres y mujeres tienen, alrededor de los 15 años, cuerpos
de adultos, biológicamente capaces de tener relaciones sexuales
y de reproducirse...y sus mentes -deformadas por la contaminación
social- corresponden a niños de pecho, incapaces de hacerse
cargo de las vivencias de sus propios cuerpos.
El rol
tradicional que la sociedad machista otorga a la mujer, por ejemplo,
es -lamentablemente- el de limitarse estrictamente a ser una estúpida
dueña de casa reproductora y criadora de niños: ¡y
lo peor es que el lavado de cerebro es tan efectivo que algunas defienden
ese derecho! Y, concordantemente, el hombre suele transformarse en
un niño grande egocéntrico, irresponsable e insensible
afectivamente. Creo que uno de los más grandes obstáculos
para que los seres humanos asumamos el potencial que traemos es nuestra
forma actual -infantil y limitada- de vivir el sexo y todo lo que
se relaciona con él.